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    07:25 am   14/12/2019,  Laguna Woods, California

    ¿El futuro de la LITERATURA está en Spotify?


    → El escritor Hernán Casciari recibe por correo electrónico las preguntas de mi entrevista. Duda —imagino— durante un momento. Y teclea su respuesta con otra pregunta: ¿me puedes dar tu número de teléfono y te respondo con un archivo de audio por WhatsApp?

    Eso hago y lo primero que escucho es esto: “Me cuesta cada vez más escribir o sentarme a escribir, creo que le pasa a mucha gente, cada vez cuesta más leer y escribir, y en cambio hablar y escuchar no supone ningún esfuerzo”. Por eso ha decidido leer en voz alta sus artículos, sus crónicas y sus cuentos. Lo hace en vivo —en teatros—; en directo —por la tele o en la radio—; y en grabaciones —en las webs de las radios y en Spotify—.

    “Gracias a todas esas plataformas mis lectores se han multiplicado, bueno, o mis oyentes”, me cuenta su voz en mi móvil, “porque no solo después compran mis libros, cuando tienen que decidir un regalo para un amigo o un familiar, también van a verme si actúo en su ciudad o buscan otras vías para llegar a mí, de modo que mi comunidad no deja de expandirse”.

    Los narradores de este siglo tienen que empezar a entender que los honorarios pasan más por la experiencia en vivo que por la venta de libros, sobre todo porque la industria editorial nos sigue robando”, continúa el director de la revista Orsai, que —como otros medios internacionales— ahora permite tanto leer como escuchar sus textos.

    La experiencia en Spotify, afirma Casciari, es “alucinante, fantástica”, porque tiene una gran fuerza viral. Según su página de artista, suma casi 8000 oyentes mensuales. Su texto “Messi es un perro” ha sido escuchado cerca de 140000 veces; pero su hit, con casi el doble de reproducciones, es “La edad de los países”, que también es un superéxito en Youtube.

    La iniciativa del escritor y lector argentino ha coincidido con el lanzamiento de podcasts originales en Spotify, porque la serialidad es una tendencia en todos los lenguajes y canales. La empresa sueca, esencialmente musical, también comenzó a ser narrativa el año pasado.

    El 13 de junio lanzó Equipaje de mano, su primera producción original en América Latina, que narró el mundial de Rusia desde la mirada de los hinchas argentinos. A ese proyecto le siguieron varios programas de actualidad y documentales en Brasil y México, con alianzas con medios como la Folha de São Paulo (Café da Manha), Rolling Stone (Tlatelolco: la plaza en movimiento) o Vice News (El Chapo: el jefe y su juicio).

    El salto al ámbito de la ficción ha sido doble. A fines de 2018 se publicó la primera temporada de la serie Ven con un cuento, que versiona en cada capítulo un relato infantil clásico, narrado por algunas de las voces de doblaje más conocidas por el público español, gracias a la producción del estudio Polford de Barcelona. Y este 6 de marzo comenzó la emisión de la Tripulación Atucha, que —pese a comenzar con el mensaje “La siguiente historia está basada en hechos reales”— es una comedia argentina de ciencia-ficción.

    Eduardo Galeano, Jorge Luis Borges, César Vallejo, Mario Benedetti y Pablo Neruda también están en Spotify, junto con tantísimos audiolibros y podcasts, que la aplicación multiplataforma —que se encuentra en un polémico y crucial momento de expansión— a menudo comparte con sus webs originales.

    Contra todo pronóstico (apocalíptico), seguimos leyendo diarios, revistas y libros en papel.

    Según Emma Rodero, profesora de la Universidad Pompeu Fabra y experta en discursos orales, el éxito del formato audio se debe “tanto a su capacidad para crear imágenes mentales en el oyente, estimulando la actividad cognitiva, como a su potencial para provocar una fuerte respuesta emocional y fisiológica”. Porque al escuchar una historia sin el apoyo de la imagen, se potencia la imaginación “al mismo tiempo que se intensifican las emociones del oyente ante los sonidos y las voces de los personajes”.

    El fenómeno invita a preguntarse si el futuro de la literatura no se encontrará en su más remoto pasado: la oralidad. Ya no como una actividad performática y compartida —alrededor de una hoguera, en la plaza de un pueblo o junto a la radio—, sino como un ejercicio individual —a través de los auriculares— que construye un simulacro de cercanía e intimidad con quien cuenta el cuento.

    Como siempre, no podemos saber hasta qué punto las iniciativas individuales lo son realmente, o forman parte de tendencias colectivas alentadas política y empresarialmente. En los últimos doce años Siri y los sistemas de reconocimiento de voz no han parado de recibir millones de dólares para su perfeccionamiento; mientras que en paralelo Amazon se desdoblaba en Audible y plataformas como Storytel o SoundCloud se han vuelto más poderosas. Y rentables. Hay un gran interés corporativo en potenciar la circulación de voces por las autopistas de internet.

    El protagonista de 1984 no estaba habituado a escribir a mano, porque “lo normal era dictarlo todo al hablaescribe”. La supresión de la escritura en la novela de George Orwell —que este año cumple 70 años de constante profecía— convive con el crecimiento de la neolengua, una versión simplificada del inglés, cuyo objetivo final es “reducir el alcance del pensamiento”.

    El audio, mientras tanto, se ha adaptado al nuevo ecosistema mediático y ha crecido en él.

    Aunque los mensajes de audio de WhatsApp o las instrucciones a Siri sean simples, conversacionales, la radio sigue expandiéndose hacia adelante (chips FM para los teléfonos inteligentes, webs que permiten escuchar cualquier emisora del mundo) y hacia atrás (muchas estaciones en FM y digitales apuestan por la emisión de reproducciones de discos de vinilo). Y las mejores historias para escuchar son también cada vez más complejas.

    Tras años de familiaridad con el concepto “audiovisual”, que parecía implicar una fusión definitiva, la vista y el oído han vuelto a encontrar espacios exclusivos y divergentes. Contra todo pronóstico (apocalíptico), seguimos leyendo diarios, revistas y libros en papel; y la fotografía se desarrolla como lenguaje de expresión postfotográfico en Flickr o Instagram.

    El audio, mientras tanto, se ha adaptado al nuevo ecosistema mediático y ha crecido en él. Tal vez porque en su médula hay una sensación que nos conecta con la niñez y con la adolescencia, con la inspiración y con el secreto: una voz sin cuerpo que te habla solamente a ti.


    Fuente: Ney York Times en Español


     

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